La singular mente de Garbiñe: talento salvaje desatado para ganar Wimbledon

14.07.201719:27 H.

Entender a Garbiñe Muguruza es un deporte en sí mismo. La tenista se escapa a la lógica deportiva más básica, esa que dice que los buenos jugadores lo son siempre y que pueden ganar o perder, pero no mutar en menudencias.

Antes de nada, en el primer párrafo se da por hecho que Muguruza es una buena jugadora de tenis. Y lo es, así lo cuentan sus tres grandes finales de Grand Slam, un escenario en el que la mayor parte de sus competidoras es incapaz siquiera de imaginarse. Las casualidades existen, pero son ajenas al deporte, haber logrado tanto a sus 23 años dibuja sin duda una tenista de potencial único.

Asumiendo eso, como quien asume que el sol sale cada mañana por el este, las preguntas se acumulan. Si es cierto, ¿por qué hay tantas veces que no lo parece? ¿Qué lleva a Muguruza a esas tardes en las que ni siquiera recuerda el talento que tiene?

La ausencia de Serena

La propia tenista ha comentado esta temporada que ella no es de las que llega cada semana a las semifinales. No lo dijo así, porque entre bomberos no se pisan la manguera, pero podría haber cerrado su frase comentando que ella no es Halep o Radwanska. Lo cual, por otro lado, solo dificulta el análisis.

Porque no es regular, a veces peca incluso de un aparente desinterés, como si realmente no estuviese preocupada de sus apagones en torneos menores. Todo en Garbiñe es bifronte, porque esa irregularidad a veces esconde otro apunte: ¿es realmente tan importante en el tenis ser constante cada semana?

Sí, hay una lista mundial y ser primera en ella es un objetivo en sí mismo, algo que sin consistencia es una quimera. Y eso que ahora, ausente Serena, el campo está más abierto que nunca. Muguruza tendrá difícil alcanzar ese objetivo si no logra que su tenis se imponga a sus desconexiones.

Pero, en realidad, ese tampoco es el objetivo prioritario en este deporte. Ella es campeona de Roland Garros y ahora puede serlo de Wimbledon. Ese palmarés puede situarla en un punto curioso, el de ser la mujer con mejor historial que nunca haya ocupado el trono del tenis mundial. La lista de aquellas que lo lograron sin ganar nada relevante, jugadoras como Safina o Wozniacki, es bastante más larga.

Sosegar el ‘tempo’ de su juego

Y es probable que todas ellas cambiasen su esfuerzo de 52 semanas por los arrebatos de pasión de dos a los que empieza a acostumbrar Garbiñe a sus aficionados. Los torneos del Grand Slam tienen el aura, son el escenario y el objetivo. Y allí Muguruza, también con sus altibajos, ha demostrado poder reinar.

La hispanovenezolana, con sus golpes profundos y su ritmo infernal, puede cualquier tarde ser la mejor del mismo modo que puede aparentar ser una jugadora mediocre si las cosas no le salen desde el principio. Tácticamente es una jugadora mejorable y le cuesta mucho cambiar el guión cuando el partido ha empezado. No es tan extraño verla tirar bolas fuera, una tras otra, incapaz de sosegar el ‘tempo’ de su juego.

Ese es su estilo, donde otras son capaces de adaptarse a sus rivales e ir modificando el patrón a medida que pasa el partido, ella necesita que todo se juegue en sus propios términos. Cuando sale la tarde y el encuentro entra en los parámetros dictados por Garbiñe es casi segura su victoria. Por eso le suele costar jugar contra grandes sacadoras a las que no puede meter en su terreno.

Conchita Martínez, una pieza básica para Garbiñe en este Wimbledon. (EFE)
Conchita Martínez, una pieza básica para Garbiñe en este Wimbledon. (EFE)

Conchita Martínez

Es lógica la tentación de mirar al banquillo para buscar respuestas. Más aún en una semana como esta en la que no está Sam Sumyk y sí Conchita Martínez. Sería sencillo montar una teoría diciendo que con la aragonesa mejor porque ha estado en la final. Pero no es más que una conclusión acelerada de un hecho concreto que, este sí, puede ser casual.

Es cierto que Conchita es una persona muy calmada y reflexiva, capaz de sentar a Garbiñe, a la que conoce bien gracias a la Fed Cup, y hacerla ver las situaciones con tranquilidad. Pero también lo es que para llegar a este punto ha sido necesario un tiempo de Sumyk, uno de los técnicos más valorados del circuito. Y de Alejo Mancisidor, con quien llegó a su final anterior en Wimbledon y que es quien más hizo por bruñir el talento salvaje con el que Muguruza siempre contó.

Garbiñe Muguruza, durante su semifinal ante Magdalena Rybarikova. (EFE)
Garbiñe Muguruza, durante su semifinal ante Magdalena Rybarikova. (EFE)

El carácter

No es labor fácil, Muguruza tiene carácter y no siempre está tan centrada como debiera. Es emocional y hay que entenderla bien. Contaba esta semana Kim Clijsters, histórica jugadora belga, que estuvo entrenándose con Garbiñe a principios de año y algo le sorprendió. La española falló varios golpes de derecha consecutivos, algo que cuando está en sus tardes malas es un tema recurrente. En ese momento Sumyk cogió a la belga y le pidió que dejase de enviarle bolas a ese perfil, que solo la trabajase el revés. A la ex jugadora le chocó, claro, porque en un entrenamiento la idea es mejorar lo que se está fallando, no obviarlo como si no estuviese ahí.

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El francés sabe, porque ya llevan tiempo juntos, que con su pupila lo normal no siempre es lo apropiado. Hay que evitar la frustración, al menos si no es estrictamente necesaria. Con Muguruza funciona así.

Los éxitos están ahí, presentes. Los títulos y las finales que otras muchas nunca catarán. No es lo óptimo, Garbiñe preferiría sí ser una de esas jugadoras que cada semana está en semifinales. Ahora bien, ya que eso no parece posible, más valen los arrebatos de furia que el sosiego que no lleva a la gloria.

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