Unas Fallas al tombe

Carlos Galiana, Mónica Oltra, Pere Fuset, Joan Ribó (Compromís); Ximo Puig, Sandra Gómez, Ramón Vilar (PSPV) y Fernando Giner, portavoz municipal de Ciudadanos, participan en la ‘plantà al tombe’ de la falla municipal. BIEL ALIÑO

¿Hay diferencia entre la politización de las Fallas con el PP y la de hoy?

El movimiento Intifalla ha desaparecido: guerra de PSPV y Compromís

19/03/2017 10:02

Una de las imágenes que dejarán estas fiestas de Fallas es el simulacro de plantà que nos ofrecieron algunas de las caras más populares del Gobierno valenciano y del Ayuntamiento de Valencia, con el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, y el alcalde de la capital, Joan Ribó, uno del PSPV y otro de Compromís, junto a parte de sus respectivos equipos haciendo que tiraban de una cuerda que, gracias al esfuerzo colectivo, elevó la falla de la Plaza del Ayuntamiento, la municipal, la de todos, en el primer año que la Festa estrena su condición de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, sello con el que la Unesco reconoce una obra de creatividad colectiva que trabaja en la salvaguarda de las artes y los oficios tradicionales.

La maniobra, conocida como plantà al tombe (la carga se eleva desde el suelo) ofrece una imagen estéticamente bonita, pese a que la sonrisa de algunos revelaba que probablemente no hacían demasiado esfuerzo. Era una pose, un fake (falso en inglés). Pero lo que vale es su simbolismo, el esfuerzo de levantar algo muy pesado con la fuerza de los brazos y la suma colectiva del esfuerzo de los voluntarios que participaron ilusionadamente en la tarea que, todo sea dicho, fue una idea propuesta por el propio equipo artístico dirigido por Manolo García, autor del monumento «Valencia, Ca la Trava», dedicado a aquellos proyectos que se prometieron y nunca se ejecutaron.

Aunque a ninguno de ellos le gustará esta comparación, la imagen de los políticos tirando de la cuerda se parece mucho a la que en tantos pueblos de la Comunidad Valenciana se produce en la embolà de los bous al carrer, cuando decenas de mozos tiran de la cuerda para llevar al toro hasta el piló donde, una vez desbravado, se le ajustan a los cuernos los herrajes y a estos las bolas que luego se encenderán. Es el bou embolat, una especie de juego de la soga en el que el animal compite en fuerza y bravura contra decenas de humanos.

La fuerza de la escena de la plantà al tombe es tal que ningún partido se la quiso perder. Estaban todos. Pero los primeros, los de Compromís y el PSPV, que ahora ocupan lugar de privilegio en los equipos de gobierno y andan en una enloquecida carrera por aparecer como los más entusiastas de las Fallas, los grandes mecenas de una fiesta que todavía no ha podido escapar a la politización. La diferencia es que quienes ahora buscan rentabilizarla son quienes echaron en cara a la derecha que durante décadas mantuviera un férreo control de los casales, en algunos de los cuales se hablaba más de política que en el hemiciclo de las Cortes.

Entre quienes tiraron de la cuerda para elevar la falla municipal probablemente habría emboscados algunos que tiraban de pancarta en el movimiento Intifalla, aquel grupo que aprovechaba el tirón de la mascletà en tiempos de Rita Barberá y se situaba estratégicamente bajo el balcón del Ayuntamiento para hacer campaña contra la alcaldesa. Barberá, inteligentemente, trató de darle la vuelta a aquel movimiento contra su persona, identificándolo con una protesta en contra de la fiesta de las Fallas, algo que acabó calando porque algunos de los protagonistas de aquel movimiento eran también activistas de las protestas vecinales contra las molestias que una fiesta callejera como las Fallas ocasionan. Si en cualquier país de nuestro entorno se preguntara oficialmente a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado sobre la autorización para una concentración de personas, pólvora y alcohol como la que se da en las calles de Valencia, sería claramente denegada. Pero seamos sinceros, sin esos ingredientes, una fiesta tan mediterránea como las Fallas no tendría el mismo atractivo.

Para algunos, en estas Fallas al tombe incluso ha resultado empalagoso el protagonismo de las autoridades de la izquierda política. En defensa de los políticos habría que decir que se percibe cierto síndrome de Estocolmo, unas ansias exageradas de agradar a un colectivo fallero que es capaz de revolverse y reprobar al presidente de la Junta Central Fallera, el concejal de Cultura Festival del Ayuntamiento de Valencia, Pere Fuset, contra la aprobación de las directrices sobre la indumentaria de las falleras. Engalanar el Palau de la Generalitat durante toda una semana con los emblemas falleros es, sin duda, un signo de simpatía y apego a las fiestas que incluso fue reclamado por los propios colectivos. Pero habrá que ver si ello no le cuesta al presidente tener que organizar una encesa de gaiates y una cremà de fogueres alicantinas a la misma altura.

Cuando concluyan estos días de locura fallera en Valencia y gran parte de la provincia será momento para hacer balance. Y evaluar si los pequeños pasos hacia el cambio que trata de dar la izquierda para recuperar terreno tienen su efecto. También para comprobar si la histórica exigencia para que la derecha despolitizara las Fallas tiene ahora una respuesta coherente desde quienes lo reclamaban. De momento, que L’Antiga de Campanar vuelva al trono de la sección especial parece que también es signo de cambio.

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