Nibali aprovecha una descomposición de Dumoulin y Quintana no devuelve el favor

23.05.201714:20 H. – Actualizado: 1 M.

Dos horas antes de que finalizara la etapa reina del Giro de Italia, la lucha por el jersey rosa estaba tan desigualada que se daba a Dumoulin no ya como virtual ganador, sino como candidato claro, de tal manera que si no ganaba en Milán, iba a ser una soberana sorpresa. Sin embargo, al cruzar Vincenzo Nibali y Mikel Landa la línea de meta, todo había cambiado radicalmente. El líder sufrió una descomposición estomacal que le hizo parar justo antes de afrontar la segunda ascensión al Stelvio y el grupo de favoritos hizo daño. Esperaron durante un tiempo prudencial, pero las hostilidades llevaron a diferentes ataques que pusieron a Quintana y Nibali en persecución de Landa. Y en el descenso no hay nadie como el ‘Squalo’. Cazó a Landa, se fue con él y le ganó en el sprint final para apretar la clasificación.

Una etapa ciclista es, por lo general, muy larga. Durante los, aproximadamente, 200 kilómetros que los corredores deben estar sobre la bicicleta, el cuerpo experimenta innumerables sensaciones, desde cansancio, euforia, ganas de orinar, desfallecimiento… Las opciones son infinitas, tantas como posibles dentro de la fisionomía humana. Una de ellas puede ser tener la necesidad de defecar. Le puede pasar a cualquiera, pero le pasó al que iba primero en la general y disparado hacia su primera grande. Tom Dumoulin frenó justo antes de la segunda subida al Stelvio, se bajó, tiró la bici, se quitó el casco, el maillot, el culote e hizo de vientre. Mientras, sus enemigos seguían avanzando hacia las cuestas de este gran monte, quitándole un tiempo precioso ante todo lo que queda por delante.

Es una situación incómoda para cualquiera. Más que nadie para el que sufre esa descomposición estomacal que le obliga a detenerse, pero también lo es para los adversarios. ¿Qué hacer? Para responder a esa pregunta que una vez hizo Lenin hay que encontrarse sobre la bicicleta, conocer al contrario y decidir en caliente si conviene realizar un gesto caballeroso o si, por el contrario, hay que olvidar ese incidente de carrera y seguir el plan previsto aprovechando la debilidad circunstancial de un rival.

Este domingo, Dumoulin tuvo un gesto que le honra. Su principal perseguidor, Nairo Quintana, se fue al suelo en una bajada y, en vez de lanzarse a la carrera para sacarle tiempo, mandó parar para que el de Boyacá se reenganchara al grupo y, así, recuperar la igualdad de condiciones. El ciclismo se rindió ante su decisión. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo y Quintana se lo agradeció posteriormente. Dos días después no se produjo la misma actuación por parte del colombiano.

Cierto es que no rompieron la carrera en el preciso instante en que Dumoluin se sintió indispuesto. Quintana, Nibali, Pozzovivo y Zakarin tampoco esperaron. Ocurrió justo antes de empezar a subir el Stelvio, era un momento en el que había prácticamente que detener la carrera para que alguien se reenganchara. Los cuatro corredores midieron fuerzas y en un momento dado, Nibali rompió las hostilidades y se llevó a Quintana enganchado a su rueda. Dumoulin, mientras, se lanzaba a la ascensión sin nadie de su equipo (una gestión horrible por parte del Sunweb, por cierto) y con dos minutos que recuperar con los de delante. Un mundo para un corredor no especializado que se encontraba solo.

Igual que nadie le dijo a Dumoulin que debía frenar para esperar a Quintana ni ese gesto políticamente correcto está escrito en ninguna ley ciclista, nadie le puede recriminar a Nibali y Quintana que no hicieran lo mismo. Quizá por el hecho de que lo hecho por Dumoulin fue justo en la etapa anterior, Quintana puede llegar a tener un poco más de remordimiento, pero es una circunstancia de carrera que nadie impide aprovechar. Nibali y Quintana lo hicieron, se beneficiaron y apretaron la clasificación general. ¿Es legítimo? Por supuesto. ¿Es ético? Ahí está el debate. Y sin embargo, el holandés sigue ahí, aguantando como una bestia la ‘maglia’ rosa que no quiere perder. Le quedan cuatro etapas de alta montaña por delante, un suplicio tras otro hasta la contrarreloj de Milán, el día que más temen todos sus perseguidores. Margen para ganar tiene aún, pero su favoritismo se ha diluido como su estómago.

Nibali, el suicida de las bajadas

El Giro se inventó el premio al mejor bajador y, como indirectamente era una invitación al riesgo, a que los corredores se jugasen la vida en cada descenso de un gran puerto, el pelotón internacional se tiró a la yugular de la organización y lo retiraron al día siguiente de presentarlo. Pero hubiera sido quien hubiera sido el ganador de ese galardón, no hay nadie que baje como Nibali. Hay gente que se pregunta cómo se puede conseguir abrir distancia en una bajada si los dos ciclistas, al fin y al cabo, van a la misma velocidad. Se hace poniendo en peligro la integridad física de uno, llegando al límite en cada curva, buscando el borde de la carretera, ese que lleva al vacío si hay una mala frenada. Nibali le quitó así 15 segundos a Landa y le sacó 12 a Quintana.

Le rompió el corazón al ciclista vasco. Después de una escapada larguísima, Mikel Landa se aupó a lo más alto de la clasificación de la montaña (lo que puede ser su premio de consolación) y afrontaba la bajada final hacia la victoria. Pero Nibali es un depredador. No iba a dejar ganar a Landa, necesitaba esa bonificación para arañarle más segundos a Dumoulin y Quintana. Y, por qué no, para sentirse ganador, porque lo es. Hasta ahora no se había lucido en el Giro que defiende como actual campeón. Y ahí está, a minuto y medio de recuperar el cetro y con una moral por las nubes, la que da ganar la etapa reina.

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