La sufrida vida del porteador en las alturas, un lugar donde no existe la falsedad

01.01.201705:00 H. – Actualizado: 31 M.

(Viene de capítulo 1) Escribe Daniel Innerarity que “en la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de todas las oportunidades vitales… El éxito de la metáfora de la red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana.”

Al final de cada caminata, la pregunta obligada: ¿Hay wifi? ¿Pudiste conectar? Por supuesto, al llegar se podía adquirir la tarjeta que, por una módica suma, calmaría el desasosiego ¿Síndrome de abstinencia conectiva? Saciado y satisfecho se oyó exclamar: “Acabo de enviar 300 fotos y he consumido los megas de la tarjeta”.

El Dalai Lama impulsa desde 1985 encuentros con científicos y pensadores occidentales. Reuniones de alto nivel intelectual y gran interés humano; en el celebrado en Boston en 2014, Arianna Huffington, fundadora de un modelo de éxito periodístico, ‘The Huffington Post’, lamentaba lo conectados que estamos a nuestros teléfonos y a la tecnología, y lo desconectados que vivimos de nosotros mismos. Quizá estuviese acertada.

Entre personas dignas

Fue en Khare Camp donde coincidimos con Glen Plake, pionero del esquí extremo en los Estados Unidos. Nos habló de su proyecto Nepali Guide por el que diez guías se habían formado como esquiadores. Su entusiasmo y los 18.000 euros en material cedido por los patrocinadores, permitían culminar el proyecto con la ascensión al Mera. El terremoto los sacudió acampados en el glaciar. Glen gesticulaba, abría sus ojos y ponía cara de terror al representar lo sucedido. “Con gran carisma, es de los pocos que tras muchos años de constantes y radicales desafíos aún puede contarlo”, afirma Mariano Frutos, seleccionador del Equipo Andaluz de esquí de montaña. Luis Pantoja, autor del libro Freeride Madrid, reconoce que “Plake ha sido uno de nuestros maestros. Inspiró a una generación de esquiadores y revolucionó el esquí de montaña, aportando una nueva visión de cómo descender vertientes extremas y técnicas. Las afrontaba a la manera de un ‘freerider’: a toda velocidad y saltando grandes cortados.”

Los lodge, los refugios en los que comes, descansas y con valor te duchas, son establecimientos regentados por personas dignas y con recursos precarios. Los forasteros debemos honrar el decoro y agradecer la acogida, que suele ser amable. No siempre nos comportamos así, para oprobio de todos.

La leña

Era la segunda jornada bajando desde la cumbre cuando llegamos a Thuli Karka, en dirección a Lukla. Nos alojamos en el Mera Lodge, a 4.200 m. Ese día amaneció muy cubierto y por primera vez una espesa niebla se hizo presente durante las seis horas que necesitamos para recorrer once duros kilómetros, ascendiendo setecientos metros y descendiendo mil trescientos.

Estas pequeñas poblaciones, compuestas por algunas casas, no cuentan con electricidad; la madera y los paneles solares son sus fuentes de energía. Cuatro bombillas apenas disipaban la penumbra de la amplia estancia donde nos calentábamos, alrededor de la chimenea de hierro. Con niebla los acumuladores no daban más de sí y la wifi dejó de funcionar. Cuesta imaginar que se tenga la desfachatez, medio en serio medio en broma, de reclamar que te devuelvan el dinero de la tarjeta prepago, pero sucede. Un letrero avisaba del precio de la carga de leña si querías alimentar la estufa: ‘1 person 1.500 rupias; 5 person 300 rupias per person’. Tocábamos a menos de un euro. Cuesta imaginar que alguien, medio en serio medio en broma, quiera negociar el precio de esa leña, pero sucede. Encendida la estufa, los sherpas vinieron a calentarse. Cuesta imaginar que se les afee la conducta a sus espaldas, lamentablemente sucede. Son los murmullos del sicofante, que chirrían.

Pema is a nice person

Jangbu Sherpa es el jefe de la expedición. Suya era la última palabra; decidía los itinerarios y si lo consideraba conveniente cambiaba los planes diarios. Nadie lo discutía. Tiene treinta y tres años y ha subido en siete ocasiones el Everest. Carlos Soria, en su reto de ascender los catorce ochomiles, le reclama por sus cualidades.

Sentado junto a él en la cena que Thamserku −la agencia nepalí que aseguró nuestra logística− ofrece a las expediciones, elogié el trabajo de otro de los guías, con el que había compartido mucho tiempo en las interminables bajadas, vigilando que mis rodillas no provocaran un mal paso. Jangbu, con la rotundidad y la calma que forman parte de su lenguaje corporal, aseveró: “Pema is a nice person”. No pude más que asentir. En ese momento recordé la escena que me había conmovido en el campo de altura. Al llegar, tras una agotadora ascensión y siete horas caminando, Pema Nuru Sherpa me obligó amablemente a sentarme sobre una roca y, agachándose, desató las correas de los crampones, liberándolos de las botas. Un gesto de apoyo, de fraternidad que aún emociona. Calidad humana sin parangón con ademanes fingidos. Jangbu Sherpa, Pema Nuru Sherpa y Ngatemba Sherpa fueron los tres guías que junto a los siete porteadores hicieron posible la subida al Mera Peak.

Un té en el Monasterio de Pangom

Un colorido cartel sobre el muro de piedra daba la bienvenida: ‘Welcome to Tashi Sang Chho Ling Gomba‘; su interior -paredes y techos- era un espectáculo policromado, que acababan de restaurar. Pema y Ngatemba nos invitaron a tomar un té con el lama del monasterio. Prepararon la colación y nos la sirvieron. Charlaban animosamente y, sabedores de que no entendíamos nada, nos miraban, sonreían y continuaban su plática. No percibías gestos de falsedad. Veías a tres personas relajadas, contentas por tener visitantes y que estos, a su vez, parecían disfrutar estando con ellos. De su ademán hierático emanaba sosiego y bondad.

El Dalai Lama, los lamas, practican y enseñan la meditación en la compasión. En palabras del Dalai: “Mi verdadera religión es la bondad. Si la practicamos en nuestra vida, no importa si sabemos mucho o poco, o si creemos en la próxima vida o no, en Dios o en Buda. En nuestra vida cotidiana tenemos que ser compasivos.” ¿Tendrán algo que ver estas enseñanzas del budismo con la manera de ser de estos sherpas?

En Khare Camp, a 5.000 metros, el último lodge antes de subir a los campos de altura, los paneles de madera de las habitaciones exhibían unos llamativos sellos impresos informando de su origen ecológico: “Green board. Mr Plywood”. Un propósito loable construir con este tipo de material ya que la deforestación es un grave problema en los bosques húmedos del Himalaya. El día que partimos, en el descenso, un hombre se doblaba por el peso y la dificultad de manejar la penosa carga con la que subía. No podía emplear la maña con la que el porteador maniobra los pesados fardos ya que apencaba con unos flamantes tablones de madera ecológica. La tozuda realidad del subdesarrollo.

Una noche de fiesta

Para Ander Izagirre, periodista y viajero, “los himalayistas siempre dan el primer paso sobre los hombros de un porteador. La expedición con los montañeros más fuertes ni siquiera pisaría el campo base si no fuera por las docenas de personas que acarrean las cargas. Conviene recordar que la ascensión a un ochomil se sostiene en la fatiga de los chavales de catorce o quince años que llevan sus primeros fardos a la espalda. Hay que recordarlo porque en este deporte, sin espectadores ni árbitros, a veces se oculta el trabajo ajeno para hinchar el mérito propio.” Portear continúa siendo imprescindible para la supervivencia de las poblaciones de los valles; la única alternativa sería el transporte por helicóptero, con costes inasumibles por los propietarios −familias en su mayoría− de los logde y casas de té.

En las altitudes en las que nos hemos movido −el coste en los ochomiles es superior−, un porteador cobra entre 8 y 10 euros de jornal por subir con 20 o 30 kilos de material de un montañero, una pequeña fortuna comparada con los 670 euros de renta per cápita de Nepal en 2015, con uno de cada cuatro habitantes por debajo del nivel de la pobreza. Estas cantidades se completan con el estipendio que, a cuenta, de los montañeros se les da, también a los guías, al finalizar la expedición. Nuestros siete porteadores, sentados como alumnos aplicados en el comedor del hotel en Lukla, sonreían esperando el sobre con nuestra gratitud en forma de rupias. David fue nombrándolos y haciendo entrega: 4.300 para cada porteador, unos 37 euros; 8.600 (el doble) para cada uno de los dos guías; 12.900 (el triple) para el jefe de la expedición. En total se repartieron unos 550 euros. Se acertó con el criterio y la cantidad y todos quedamos en paz.

Los porteadores tienen su espacio distinto al de los sherpas y los clientes, pero era domingo y se saltaron las normas: echaron la partida en la estancia en la que tomábamos té. Después de una dura jornada lo suyo es jugarse las rupias ganadas a las cartas. Desaparecieron con la hora de cenar. Más tarde oímos sus canticos y risas en la fiesta que duró hasta bien entrada la noche. A las siete y media de la mañana tendrían el petate en la puerta del lodge y vuelta a empezar. Caminan a un ritmo rápido y con frecuentes descansos, recostados sobre una roca sin desasir la carga.

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