La angustia del amarillo: Fabio Aru le 'pide' a Froome que lo sufra él en los Alpes

16.07.201705:00 H. – Actualizado: 2 H.

“Nadie en su sano juicio querría pertenecer a una familia real“. El príncipe Henry, Harry para los amigos, ha tenido una vida intensa, alocada y por momentos, solo por momentos, envidiable. Quién no querría vivir en un palacio, poseer todo lo que se desee para esta vida y la próxima y en definitiva, hacer lo que entre en gana. Pero ese chico jocoso y divertido ha visto morir a su madre, dudar de la paternidad de su padre, ser objetivo de miles de fotógrafos día sí y día también y ser juzgado constantemente por la opinión pública por todo lo que hiciera o dejara de hacer. Ser de la realeza es una obligación para el que tiene la fortuna de nacer en una familia monárquica, más que un disfrute.

Estar en la cima, ver todo desde lo alto de Buckingham Palace no es siempre placentero. Hay que estar preparado desde muy pequeño para sufrir todo tipo de desavenencias personales. Eso sirve para nuestro ejemplo y para cualquier otro aspecto de la vida. A Fabio Aru le resulta incómodo verse en lo alto de cualquier gran vuelta. En las tres ocasiones en las que en su todavía corta vida como profesional ha tenido la oportunidad de encontrarse en posibilidades de pelear por el triunfo final, el peso del jersey de líder le ha quemado. Como el anillo a Frodo, le deja marcas en el cuello. Es una carga muy pesada que, como le decía Samsagaz a su señor, es mejor compartir. El último de la saga Bolsón le dijo que no. Froome, en cambio, aceptó el ofrecimiento de fantástico grado, pues está hecho de una pasta diferente.

Froome ha vestido más de cincuenta veces el maillot amarillo. Nunca ha llevado otro de otra gran vuelta. Ni el rosa ni el rojo. Ha tenido oportunidades, pero como lo fuera Armstrong, Froome es un ‘hombre Tour’. Lo demás, sin llegar a resultarle accesorio, sí que lo siente secundario, nada más importante que esas tres semanas en julio que conforman todo su pensamiento anual. Nadie aguanta la presión como él, nadie lo ha hecho hasta ahora. Por eso es el mejor, porque cuando incluso todo el pelotón se cuestiona internamente qué le pasa al chico de Nairobi para no ser el mismo reloj suizo infalible de siempre, ahí está, líder a falta de solo siete etapas para pasear por los Campos Elíseos.

Al contrario que Aru, Froome se siente incómodo si no viste de amarillo. Que ese maillot blanco del Sky le sienta hasta mal, que no le pega, acostumbrado al negro, prefiere el dorado que ya considera suyo. En las primeras once etapas, el Tour daba la razón a aquellos que consideran su retransmisión televisiva como la excusa ideal para ‘clisarse’ un poco echándose una siesta. A partir de los Pirineos, la cabeza de la carrera está más loca que la de Calígula en sus buenos años. Y si la indecisión del Sky a la hora de no potenciar a Mikel Landa lo suficiente para auparlo a la primera posición permite a Aru mantenerse arriba un día más, Froome dice que no, que el amarillo para él, que para eso existe el derecho de usucapión.

“Ha sido una sorpresa, no pensaba recuperar el maillot amarillo. Sabía que no estaba en el lado equivocado en el tramo final, pero si me hubieran dicho que iba a ganar 25 segundos sobre Aru en esta etapa, no me lo hubiera creído“, dijo Froome, sonriente en la meta de Rodez. Era una etapa para nada relajada, 181,5 kilómetros de sube y baja con un ‘sube’ final intrincadísimo, de esos que encienden un Purito. Y con tan poco margen en la general, cualquier error se penalizaba. Aru falló, se descolgó en el grupo principal y encaró esa cuesta demasiado atrás. “Empuja, empuja”, le gritaron por radio desde el coche de Sky a Froome. Empujó como si de un parto se tratase. Nació de nuevo el maillot amarillo para el británico.

“Pensando mal, Aru ha dejado ese maillot a propósito”. ¿Y si Landa tiene razón? No suena mal encarar los Alpes con la bandera italiana por jersey y sin la obligación de defenderse y con la ilusión de atacar. A Froome le gusta que le ataquen, a los demás, buscar su yugular. Preparen sus armas.

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