El éxito de la Copa del Rey de baloncesto es también su mayor limitación

14.02.201705:00 H.

En el baloncesto español de clubes, siempre rodeado de problemas, hay muy pocos asuntos, por no decir ninguno, que reciban tantos elogios como la Copa del Rey. El torneo es la joya de la corona de la ACB, el evento con el que presume cada mes de febrero y con el que ingresa una suma importante de dinero. Es también un formato imitado en el resto de Europa, pero cuyo éxito se está convirtiendo también en su principal limitación.

Uno de los grandes atractivos de la Copa, que este año se celebra en Vitoria-Gasteiz entre el jueves y el domingo de esta semana, es su formato, una final a ocho para el que se clasifican los siete primeros de la primera vuelta de la Liga Endesa y el equipo anfitrión. Antes de dar con la tecla, la Federación Española de Baloncesto (FEB) —que la organizó hasta 1983— y la ACB experimentaron con otros formatos. El de final a ocho no fue un invento de la ACB, aunque quizá nadie lo ha sabido explotar tan bien.

Bajo su denominación de Copa del Generalísimo, la competición ya tuvo ese formato entre 1962 y 1965. Barcelona, San Sebastián (también se jugaron partidos en Bergara y Tolosa), Lugo y Salamanca acogieron a ocho equipos que jugaron por el título en tres días. Después de esa breve experiencia fue ampliándose con octavos de final e incluso una fase previa. Todo cambió en la temporada 1983-1984, cuando la recién creada ACB se hizo cargo de la competición y decidió volver al formato de final a cuatro. Eduardo Portela, entonces gerente de la ACB y después presidente entre 1990 y 2011, explica que “el objetivo era que fuera una novedad”. “No estaba sujeta a ningún reglamento, en ningún sitio decía que tuvieran que participar todos los equipos“.

A partir de ahí, la puerta estaba abierta para innovar, y tres años más tarde doblaron el número de equipos. El último paso llegó en 1996 con la instauración del formato actual. Desde entonces, el crecimiento del torneo ha sido constante, tanto en lo deportivo como en lo organizativo, hasta convertirse en un evento capaz de superar los 100.000 espectadores, genera unos 2,5 millones de euros de ingresos (entre el canon que paga la ciudad organizadora, venta de entradas y patrocinios) y mueve más de 2.000 personas entre medios, organización y voluntarios.

Hay tres factores que explican el éxito de la Copa, comenta a El Confidencial Gerard Freixa, director del torneo desde 2009. El primero, que se juegue a muerte súbita. El segundo, que sean ocho los equipos, un tamaño un ideal. Y el tercero, que participe el equipo local. “Eso en una final a cuatro no puedes hacerlo, porque pierdes valor deportivo. Una final a ocho te lo permite y te da un plus al que le veo muchas ventajas: te da el ambiente de la ciudad y te garantiza una taquilla importante”, reconoce.

Gerard Freixa, director de la Copa del Rey, en un acto en Vitoria el pasado mes de noviembre (Foto: Baskonia)
Gerard Freixa, director de la Copa del Rey, en un acto en Vitoria el pasado mes de noviembre (Foto: Baskonia)

Hacen falta pabellones más grandes

Vitoria ejemplifica eso quizá mejor que cualquier otra ciudad: tiene una de las aficiones más numerosas y entregadas y el Buesa Arena, con una capacidad de 15.500 espectadores, es el pabellón más grande de la ACB. El vitoriano, sin estar a la altura del estándar NBA u otros recintos europeos como el O2 de Londres o el Mercedes-Benz Arena de Berlín, sí es una instalación que está por encima de la mayoría de pabellones españoles. La Copa ha crecido tanto que en un pabellón de 10.000 espectadores ya le va quedando pequeño. “Ese tamaño no te permite crecer en ‘ticketing’, pero es el mínimo que pedimos. Y no hay muchos”, explica Freixa.

“Un pabellón de 10.000 no te permite crecer en ‘ticketing’, pero es el mínimo que pedimos”, explica Gerard Freixa, director de la Copa del Rey

El problema es que en España solo hay cuatro que superen con holgura esa capacidad: el citado Buesa Arena, el Palau Sant Jordi de Barcelona, el WiZink Center de Madrid y el Martín Carpena de Málaga. No es una casualidad siete de las últimas diez ediciones se hayan disputado en esos pabellones. Las excepciones son las dos últimas, celebradas en Las Palmas de Gran Canaria y A Coruña, y la de 2010, que se jugó en el Bilbao Exhibition Center, recinto ferial en el que se montó una pista para más de 14.000 espectadores. En espacios como ese puede estar el futuro de la Copa, que mientras tanto el año que viene volverá al Gran Canaria Arena de Las Palmas, otro pabellón de 10.000 espectadores.

La confluencia de miles de aficionados durante los cuatro días de la Copa no ha provocado problemas, al contrario. La convivencia pacífica es una de las señas de identidad del torneo. “Parece que no, pero movía las masas de espectadores”, recuerda Portela, que señala ese aspecto como uno de los motivos de ampliar el torneo a ocho equipos. “La Copa es un punto de encuentro para la gente a la que le gusta del baloncesto y que se toma unos días libres para disfrutar no solo del torneo, sino de las actividades que generamos alrededor”, dice Freixa. Entre esas actividades están la Mini Copa, la ‘Fan Zone’, los clínics, los coloquios… “No son adornos, sino que alimentan al torneo”, apunta Freixa.

El FC Barcelona se proclamó campeón de la Copa del Rey en 2013, la última vez que se celebró en Vitoria (David Aguilar/EFE)
El FC Barcelona se proclamó campeón de la Copa del Rey en 2013, la última vez que se celebró en Vitoria (David Aguilar/EFE)

“Nuestro fan es un fan de Copa que además repite”, asegura Freixa. Hace años que la ACB vende las entradas a través de su propia plataforma. Eso le permite tener el control de todo el proceso de venta, que se realiza en varios pasos (primero abonos, luego el reparto de los equipos y por último los pases de día), y elaborar un perfil de su aficionado. “Independientemente de que su equipo se clasifique, [el aficionado] compra la entrada. Nosotros abrimos la venta el 7 de noviembre, solo con el equipo anfitrión clasificado, y tuvimos una aglomeración de ventas. La gente quiere tener la entrada para planificarse el viaje y montarse unos días de vacaciones viendo un espectáculo que le encanta, pero también comer bien, visitar una región que le apetezca, etc. A Coruña fue elegida un poco por eso, a pesar de que la infraestructura era muy justa, aunque hicieron un esfuerzo importante”.

Y luego está lo deportivo, que es el núcleo del evento, pero que no determina el éxito de una edición. Ni siquiera la previsibilidad de la última década —Real Madrid y FC Barcelona se enfrentaron en cinco de las seis finales entre 2010 y 2015— afectó a la torneo. Los dos elementos, el crecimiento hacia afuera y lo que sucede en la cancha, han convertido a la Copa en un evento redondo al que imitan en otros países europeos. Italia y Turquía, por ejemplo, adoptaron después de España un formato de final a ocho.

Está claro que la receta, pero se puede mejorar. “Podemos explotar más a nivel internacional y podemos crear otro tipo de actividades alrededor, sobre todo en pabellones de 13.000 o 15.000 espectadores. ¿Se puede explotar más? Seguro que sí. ¿Hacer cambios drásticos? Hay que ser prudentes”, dice el director del torneo. Traducción: todo puede cambiar menos el corazón de la Copa, el formato de final a ocho. Si algo funciona, es mejor no tocarlo.

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