Doncic detiene la hemorragia del Real Madrid

29.12.201620:19 H.

Luka Doncic es ese niño que llega a Estambul, con un pabellón entero gritándole y un equipo en horas bajas y decide que es su tarde y que se va a dedicar a ganar el partido. No está Llull, la estrella, así que con 17 años el esloveno cogió el petate y recordó al resto que él no es uno más, que lo suyo es algo muy especial. Así que, en esa depresión del Real Madrid, apareció para clavarle al Anadolu Efes 17 puntos y regar a sus compañeros con 9 asistencias. Por si eso fuese poco, y como él es un base muy poco convencional, añadió al esfuerzo cinco rebotes. Más aún, que esto es importante, solo perdió un balón, y eso que por su tiempo de juego amasó la posesión más que nadie.

Tener la frialdad para controlar la bola, no perder el dominio del juego ni un solo instante, es impropio de un pipiolo. Es cierto que aún no ha encontrado la regularidad, que hay partidos en los que la estrella en ciernes parece solo un bosquejo de jugador. Pero cuando sale, y cada vez es con mayor frecuencia, demuestra que los próximos años serán suyos o no serán. Le queda por pulir algún aspecto del juego, no tiene el movimiento lateral más rápido del mundo y el bote del balón aún es un poco alocado. Pero es lo de menos, fueron muy pocos antes los que con su edad demostraron tantas prestaciones.

Hay un detalle más que acompaña a Doncic y ayuda a entenderle: su extrema visión de juego. Con el tamaño que tiene ve todo lo que pasa a su alrededor y muy rara vez equivoca el diagnóstico. Si se ve con fuerzas, como en los minutos finales en Estambul, observa el aro y tira con confianza. La mecánica no es la más rápida, pero sí bastante efectiva. Las noches buenas, y esta lo fue, mete tres de sus cuatro intentos de tres y cuatro de los seis de dos. Muy pocos fallos, porque es un genio minimizando sus errores. A él no le importa que la ciudad del Bósforo sea problemática para el Real Madrid, ni que los árbitros rescaten a los rivales en momentos en los que parecen casi muertos. Siempre tiene el golpe bueno, cuando hay que penetrar, penetra, si lo suyo es el pase, pasa.

Doncic es el nombre que ha sacado al Madrid de una espiral negativa. Y eso que las cosas se habían puesto difíciles a mitad del partido. Al equipo no le daba más que para ir a remolque, sin alejarse demasiado en el marcador, es cierto, pero con la sensación de que las pilas se estaban agotando. El equipo turco es rocoso, más fuerte que sobrado de talento. Pero jugando en casa, y con viento a favor, parecían colosos ante un Madrid en el que algunas de las bazas habituales –Randolph, Carroll– habían desertado.

El renacer de Rudy

El escudero más fiel para Doncic fue Rudy Fernández, aunque su esfuerzo fue más un golpe temporal que una constante. En el tercer cuarto demostró que es un jugador de primer nivel, con un par de triples imposibles y un despliegue físico que no se le recordaba en largo tiempo. Que Rudy vaya cogiendo tono es muy importante para el Real Madrid, que realiza cada temporada una gran inversión en él y espera un retorno acorde. Cuando está bien, es de los mejores de Europa, y aún más importante es si no está Llull, director y anotador perfecto en estos tiempos de Laso. El menorquín, que arrastra molestias desde hace semanas, se quedó fuera de los escritos. Mejor parar que forzar, que esto es muy largo.

Hubo otro aliado, más silencioso pero siempre importante, que propulsó al Real Madrid hasta la victoria. Fue el rebote, en el que no siempre gana la fuerza. Ayón y Hunter se pusieron las botas en ese sentido, negando segundas oportunidad a un rival cuyo acierto de cara al aro no era reseñable. Clave fue el mexicano, siempre lo es cuando está fino. La jugada que más se recordará en este encuentro será el tapón final, cuando el Real Madrid solo marchaba dos puntos arriba y el marcador solo tenía unos segundos más para llegar a cero. Brown cogió la directa, cruzó la zona y pensó que con una bandeja le serviría para igualar el encuentro. Nada de eso, llegó Ayón, con sus brazos eternos y sus saltos circenses y colocó, con una técnica perfecta, la chapa que necesitaba el equipo para ganar este partido.

Y no fue sencillo llegar hasta allí, porque el Madrid no es ahora el de las mejores tardes y, también, porque en Estambul se encontraron con un menú más propio del baloncesto de los 80 que de este tan moderno en el que los árbitros pueden ir al vídeo a ver qué ha pasado. Siempre que había alguna duda sobre qué pitar los colegiados la resolvían dándole la razón al Efes. Una y otra vez los jugadores del Madrid veían como tenían que competir también contra el furor de silbato de los tres directores de la contienda. También con tres deportivas que fueron algo más que rigurosas, alguna de ellas incluso chistosa. Se puede pensar que es lo que hay, Turquía siempre fue plaza difícil y las suspicacias se disparan si se piensa que la mayor parte del dinero que llega a la organización proviene de manos otomanas.

Este formato de Euroliga, casi atosigante, está teniendo suerte en su primera edición. La igualdad es radical, todos los partidos son una moneda al aire en la que cualquiera puede ganar y la clasificación coloca a los equipos en un pañuelo, sin nadie que se descuelgue por arriba o por abajo. Esa presión, brutal, supone una competición que deja buen sabor de boca y que, con seguridad, llegará a sus últimos partidos con mucho por verse. Eso, muchos y muy buenos partidos, fue siempre el sueño del baloncesto europeo. Lo están consiguiendo.

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