Bolt, Phelps, Márquez… diez hombres que hicieron de 2016 un año para no olvidar

01.01.201705:00 H. – Actualizado: 23 H.

Usain Bolt (Atletismo)

Cubierto de oro, una vez más, el deportista jamaicano encontró en Río de Janeiro el lugar perfecto para concluir su carrera olímpica. Ganó el 100, el 200, y el 4X100. Nadie dudó que iba a ser así, porque cuando se habla de Bolt no hay espacio para la incertidumbre. Llegaba a Brasil diciendo que iba a batir su récord del doble hectómetro, pero no lo logró. A sus 30 años esa parte de su carrera, la de las marcas estratosféricas, ya pasó. Pero poco importa que el crono no se redujese a niveles históricos, lo que hizo Bolt en el tartán fue un recordatorio de que no ha habido nadie como él, un hombre que revolucionó el atletismo y que derribó muros que la mente humana no sospechaba. Le queda solo por delante el Mundial de Londres, el último baile del más grande.

Michael Phelps (Natación)

El crepúsculo de los grandes deportistas suele ser una retirada amable en la que los mejores vuelven a ser humanos. Los más grandes de todos, los que han rediseñado los patrones de una disciplina, no se conforman con eso. Phelps, con 31 años y una vida azarosa, acudió a Río de Janeiro sabiéndose mejor que los demás. Es un competidor rotundo, y así lo demostró sumando a su imposible historial cinco oros y una plata más. Su saldo final, pues él también ha visto sus últimos Juegos, cuenta con 23 medallas de oro, tres de plata y dos de bronce. Cifras todas ellas que no estaban siquiera en la imaginación de la gente antes de que el de Baltimore empezase a comptir. En Río se vio un Phelps diferente, maduro, apegado a su hijo siempre presente en la piscina. Ha cambiado mucho con el tiempo, pero la esencia del competidor infranqueable nunca le ha abandonado. Es, para muchos, el más grande deportista de todos los tiempos.

Lebron James (Baloncesto)

En marzo este puesto parecía destinado a Stephen Curry, estrella de unos históricos Golden State Warriors que consiguieron el mejor récord de la historia en la temporada regular. Error, Lebron James, un deportista superlativo, se plantó en las finales con la idea de que no se cumpliese el vaticinio que todos daban por descontado. Solo el hecho de vencer a los invencibles ya daría para escribir ríos de tinta del de Ohio, pero esta historia no se queda en eso únicamente. Además del qué, ganar, está el cómo lo hizo. Los Warriors se pusieron con un 3-1 en la final en la que ya encargaban el tamaño de los anillos para cuadrarlo en sus dedos. Tres partidos superlativos del alero hicieron lo demás. Si alguien dudó que es el mejor jugador del presente allí estuvo él para negarlo.

Wayde Van Niekerk (Atletismo)

La final de los 400 metros lisos de Río de Janeiro es adictiva. Por más veces que se ponga no deja de sorprender como ese chico de la calle ocho, menos musculado y alto que sus rivales, es capaz de mantener la velocidad hasta la línea de meta sin desfallecer ni parecer crispado. Fue el momento de los juegos, y eso que en esas dos semanas había compitiendo gente como Usain Bolt. Kirani James o LaShawn Merritt podían tener más nombre que Van Niekerk antes de empezar, pero fue él quien nunca perdió velocidad, el atleta al que el ácido láctico no pareció hacer mella y voló en la última recta para dejar a sus rivales en anécdota. Su récord mundial, 43.03, dejaba en el pasado el de un atleta colosal, Michael Johnson, un velocista que marcó a varias generaciones y que dejó unos registros vertiginosos que ahora ya no existen. Larga vida al emperador de Sudáfrica.

Andy Murray (Tenis)

Hay deportistas que se resisten al segundo plano aunque la vida parezca haberles llevado por ese camino. Andy Murray ha pasado su carrera a la sombra de jugadores que competían contra la historia. Federer, Nadal, en tiempos recientes Djokovic, con quien se lleva una sola semana. Todos ellos parecieron siempre un escalón por encima del escocés, regular y constante, pero no tan lúcido como sus rivales. En otros tiempos hubiese arrasado, el tenis era un deporte con menos gallos que ahora, pero uno no elige su fecha de nacimiento. Esta temporada, y como competidor nato que es, aprovechó que a Djokovic se le agotó la gasolina para disfrutar de su gran momento. Ganar Wimbledon, el oro olímpico, la Copa de Maestros y ser por fin número 1 es algo reservado a las grandes estrellas y ese ha sido su resumen del año, que parecía preparado para Djokovic y terminó en manos del silencioso británico.

Marc Márquez (Motociclismo)

Comenzó la temporada con las réplicas del año anterior, el de la pelea entre Rossi y Lorenzo, y la sensación generalizada de que en Honda no había moto para cambiar el discurso de lo que estaba ocurriendo en MotoGP. La competición no debía pasar por Marc Márquez pero él, siempre rebelde, se conjuró para hacerse notar. El piloto español fue el más regular y eso también es un cambio en su perfil. Antes era el niño prodigio, el que más rápido llevaba la moto, ahora es algo más que eso, también se ha convertido en un frío calculador que es capaz de aceptar un segundo o un tercer puesto y no arriesgar una nueva caída. Los grandes pilotos no son solo los que más apuran la frenada, también los que tienen la capacidad de dirigir a sus equipos para hacer de su moto una máquina mejor. Y en eso Márquez ha dado una lección magistral esta temporada.

Cristiano Ronaldo (Fútbol)

El ruido que rodea a Cristiano Ronaldo es abrumador. A veces generado por él mismo, por su entorno también, muchas otras por la simple inercia de ser un jugador tremendo en el escaparate más mediático. Si se le quitan todas esas capas que enturbian el diálogo, queda el fútbol. El portugués es parte de la historia de este deporte, y su temporada 2016 es la mejor de todas las que tuvo en lo colectivo y eso, en un deporte de equipo, es lo fundamental. Es cierto que en las dos finales europeas que disputó no fue el protagonista, pero también lo es que sus equipos, el Real Madrid y Portugal, no hubiesen tenido ninguna opción de estar en ellas si no hubiese existido el empeño de su estrella. Se va del año haciendo de un país pequeño un campeón continental y dejando a su club en el único sitio en el que se siente feliz, el de mejor equipo de Europa. Ah, y el Balón de Oro, al que él siempre dio gran importancia.

Nico Rosberg (Fórmula 1)

Los especialistas en Fórmula 1 valoran tanto la imagen general como el detalle. La importancia de ser mejor que el compañero de equipo es mayor que en otros deporte, pues la competencia común se ve muy marcada por el desarrollo de los coches. Rosberg, en ese sentido, ha superado a un titán como Lewis Hamilton, prohibitivo favorito cuando se dio la primera salida del mundial. Con eso ha demostrado que él no era un gregario sino una estrella, que con la potencia de Mercedes en sus manos estaba la velocidad de un campeón. Lograr el título, que es llegar al cielo, ha sido un camino caprichoso, lleno de dificultades y con problemas muy variados. Tanto es así que, al terminar, decidió que su tiempo en la Fórmula 1 ha concluido, el reto era llegar a lo más alto y él ha demostrado al mundo que podía hacerlo.

Alistair Brownlee (Triatlón)

Se benefició de la ausencia de Javier Gómez Noya, pero que no estuviese el español no cambia la enseñanza final del triatlón de los juegos de Río: nunca te la juegues contra Alistair. En Brasil logró su segundo oro olímpico convirtiéndose así en el mejor triatleta de todos los tiempos. Su temporada hasta el momento no había sido brillante, en parte porque estaba reservándose para la cita cumbre. Hay en Alistair, como en su hermano Jonathan, un detalle que le separa de sus rivales: el hambre de competición. A él nunca se le ha visto conformismo, no se le recuerda un solo renuncio, siempre que está en la línea de salida de una competición en su cabeza se ve como el campeón de la misma. Eso le distingue como alguien especial, pues en el deporte no es solo que funcione el motor, también saber sacarle el máximo rendimiento.

Magnus Carlsen (Ajedrez)

No está de más recordar que Magnus Carlsen tiene solo 26 años. Es importante, porque el danés ha conseguido a final de año ser campeón del mundo por tercera vez en su carrera y no es su deporte uno en el que la gente se retire pronto, más bien al contrario. el ajedrecista ha dado un salto cualitativo en su disciplina, algunos ya ven en él el mejor jugador del mundo. Lo que le faltaba para ser más reconocido era un contrincante de su tamaño, y en Kariakin lo encontró. La final del campeonato de este año es memorable, de esas pocas veces en las que un deporte menor consigue enganchar a los profanos porque entienden que lo que está ocurriendo no es tanto una partida de ajedrez como un pedazo de la historia. Kariakin sacó a Carlsen de sus casillas, le tuvo contra las cuerdas incluso a golpe de defensas imposibles, pero no pudo cazar la mayor pieza. Todos los ajedrecistas del mundo hoy se plantean cual es la receta para batir al más grande. Cuando se llega a ese punto se sabe que lo que está pasando no es común.

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